sábado 3 de diciembre de 2011
viernes 25 de noviembre de 2011
Miniblog: Entrada de prueba III
Miniblog: Entrada de prueba III: Ea eam labores imperdiet, apeirian democritum ei nam, doming neglegentur ad vis. Ne malorum ceteros feugait quo, ius ea liber offendit place.. que lo qué?.
jueves 24 de diciembre de 2009
Verdes
Se quejan de que los hombres no maduramos
Pero ¿quién se queja del verde esperanza que tampoco
madura nunca?
Pero ¿quién se queja del verde esperanza que tampoco
madura nunca?
domingo 20 de diciembre de 2009
Un tipo como él
Un poema de mi amigo mendocino Carlos Levy
..........
Cuando sobre el último mudador
caiga todo el peso de la flor del verano,
y la estrella matutina
y la estrella vespertina se disuelvan
juntas en la levedad del aire,
de verdad leve, de verdad aire;
cuando la mano
del hombre pueda asir los cuatro puntos
cardinales de golpe
en una canción
con música de viento,
y se cumpla la profecía:
la mano del hombre no habrá
de levantar la mano contra el hombre;
cuando morir sea un acto simple
de irse;
de partir sin más connotaciones tenebrosas
que el silencio;
cuando el pan florezca y perdone
las heridas de Dios
y se gaste por fin el látigo brutal
de su metafísica;
cuando el dolor
sea nada más que un mal recuerdo
de la especie,
patrimonio de antropólogos;
entonces será el mundo como lo soñamos
y podrá verse libre de tipos
como yo.
..........
Cuando sobre el último mudador
caiga todo el peso de la flor del verano,
y la estrella matutina
y la estrella vespertina se disuelvan
juntas en la levedad del aire,
de verdad leve, de verdad aire;
cuando la mano
del hombre pueda asir los cuatro puntos
cardinales de golpe
en una canción
con música de viento,
y se cumpla la profecía:
la mano del hombre no habrá
de levantar la mano contra el hombre;
cuando morir sea un acto simple
de irse;
de partir sin más connotaciones tenebrosas
que el silencio;
cuando el pan florezca y perdone
las heridas de Dios
y se gaste por fin el látigo brutal
de su metafísica;
cuando el dolor
sea nada más que un mal recuerdo
de la especie,
patrimonio de antropólogos;
entonces será el mundo como lo soñamos
y podrá verse libre de tipos
como yo.
viernes 4 de diciembre de 2009
Sobre el arte de escuchar conferencias
Mi amiga Susana tiene una regla nemotécnica para recordar todo lo que se dijo en las conferencias a las que asiste: mientras escucha, escribe mini-poemas.
Aquí van tres preciosas muestras de anotaciones sobre la última exposición que escucho y que trataba de lingüistica aplicada.
(1)
lirios blancos y jazmines
derramados en mi vientre
en un abrazo flotante
(2)
todos los rostros de mi rostro
cayeron uno a uno
y ya no me reflejan los espejos
(3)
más allá del este
donde el sol sólo se pone
me esperan mis días
Aquí van tres preciosas muestras de anotaciones sobre la última exposición que escucho y que trataba de lingüistica aplicada.
(1)
lirios blancos y jazmines
derramados en mi vientre
en un abrazo flotante
(2)
todos los rostros de mi rostro
cayeron uno a uno
y ya no me reflejan los espejos
(3)
más allá del este
donde el sol sólo se pone
me esperan mis días
viernes 30 de octubre de 2009
Echale la culpa a la incerteza
La incerteza nos hace más sabios,
pero sólo cuando dejamos de hacernos preguntas
la incerteza deja de doler.
pero sólo cuando dejamos de hacernos preguntas
la incerteza deja de doler.
jueves 29 de octubre de 2009
La Rosita
Decían que es de tontos tener miedo. No me importaba. Hay que estar en el meollo del asunto para saber, mejor dicho, había que estar allí escuchando a mi madre y a la Rosita, mientras tomaba mi merienda de regreso del colegio, tratando de sintonizar la novela en la radio de ojo verde. Digo que había que escucharlas hablar sobre la terrible enfermedad del Carlos Abriola y no sentir escalofríos. Es una lástima, y tan guapo que es, decía la Rosa. A mi se me ponía la piel de gallina con el tratamiento recomendado por mi madre, que no era otra cosa que sangre de murciélago diluida en vino oporto, o tostar un murciélago muerto y seco para el té, si fuera posible también estrella de mar macho y cortapalos, si no lo cura eso es porque no hay nada que hacer. Ahora que lo pienso, hurgando en el pasado, creo que era la Rosa la que me erizaba la piel, con extrañas sensaciones que tampoco alcanzaba a descifrar claramente, cuando me entretenía pensando que el ojo verde de la radio era como una mágica linterna de Flash Gordon que me permitía traspasar con la mirada su solera y su corpiño. Encima con los trabajos que consigue, siempre de mozo en algún bar, insistía mi madre. Entre lágrimas de risa y pena se lo imaginaban rodando con la bandeja cargada sobre alguna mesa en el medio de feroces convulsiones, desparramando su bandeja sobre las cabezas de los atónitos parroquianos, cuando le daban esos tremendos ataques de algo mágico que yo no alcanzaba a entender. Porque entender no es conocer el significado de las palabras, que yo las conocía, era el sentido que se me hacía inasible ¡Porque yo soy el comisario Gambato, che, si no la gano la empato!, vociferaba el comisario malo de la radionovela, pero qué me importa a mi la suerte del gaucho perseguido, si solo miraba de reojo a la Rosita por encima del borde de mi vaso de leche chocolatada, si cuando ella estaba a mi lado sentía mandatos en el cuerpo y en el alma que tampoco alcanzaba a descifrar.
Al poco tiempo, ya no necesité más el ojo verde. Parecía que a la Rosa le gustaba cambiarse de ropa en mi presencia. Riéndose llevaba mis manos a nadar en la inmensidad de su mar hecho pechos ¿Pero qué hacés, estúpida?, le reclamaba su compañera de pieza ¡Pero si es un niño!, decía la Rosa con un beso, que no sabía yo si era premio a la avidez con que yo le tocaba los pechos haciéndome el distraído, o un desborde inocente de la vehemencia de su naturaleza ¿De cuál naturaleza? En ese tiempo no lo sabía, solo tenía espasmos de intuiciones oscuras y confusas. Fuera como fuera, la Rosita era mi preferida entre todos los residentes de la pensión de mi madre. El Abriola en cambio, nunca me cayó simpático, quizás porque presentía de manera indefinida que hacía sufrir a la Rosa.
Una tarde nos encontramos milagrosamente solos. O llamamos milagro a lo que buscamos afanosa pero inconcientemente. Ella lloraba ya no recuerdo por qué motivo y el ojo verde fue mucho más lejos esta vez. Comencé a acariciarla dulcemente y mi carne trémula parecía decir ¡Hace mucho que te espero! Mis manos se detenían más y más en desabrochar su solera, se entretenían más y más en sus pezones, en sus pechos. Al principio, ella me dejaba hacer con mirada absorta, apenas guiaba mi cabeza con movimientos suaves por su vientre, indicándome en silencio la dirección exacta adonde mis labios debían posarse sin pensamiento. Solo cuando fui más grande llegué a darme cuenta que en determinado momento la mirada de la Rosa cambió, como si hubiera percibido que lo que habíamos desencadenado ya no podía detenerse. Yo sentí el reclamo sin entenderlo. La Rosa encerró mi rostro entre sus piernas. También supe después que mi desconcierto la excitaba más y más. Entre jadeos y estremecimientos me bajó los pantalones y me comió totalmente hasta que conocí por primera vez, a borbotones espasmódicos, el verdadero sentido del paraíso, carne contra carne. Ella reía gozosa de que, como a todo buen principiante, no hubiera manera de calmarme, se sentó arriba mío y estuvimos así, con alternancia de movimientos lentos y frenéticos no sé cuantos minutos que ahora a la distancia me parecen días, semanas, meses. Ella pidiendo más y yo queriendo más.
Cuando pasó el fuego, la Rosa, vistiéndose lentamente, quizás con alguna pena, me dijo algo que yo no hubiera querido escuchar. Que esto que había pasado fue bello, pero no volvería a repetirse, no debía repetirse. Que por favor, no le dijera nada a nadie de esto porque le traería a ella muchos problemas.
Yo me callé, por cierto, pero es difícil dar cuenta de los sentimientos irracionales. Sin saber porqué, mi resentimiento se concentró sobre el Abriola, como si fuera el culpable de mi desazón. Y mucho más cuando se le antojó a mi padre que tomara con él lecciones de acordeón ¿Para qué acordeón, papá, si eso no es ni chicha ni limonada, ni piano ni verdulera?, y además yo no voy a tocar nunca tarantelas, como si dijeras tarántulas, suena lo mismo, No me importa, lo mismo tomás lecciones y cuando seas más grande decidís por tu cuenta. Así que el Abriola se sentaba en su cama y tomaba el acordeón y deslizaba sus dedos maravillosamente, sobre el teclado tratando infructuosamente de que yo siguiera sus vertiginosos prodigios, y yo sentadito enfrente mirando para cualquier lado, era inútil. Pero fue en una de estas oportunidades cuando se me reveló la naturaleza de sus misteriosos ataques, cuando se volcó violentamente hacia atrás parecía haber sido alcanzado por un rayo. Yo no alcanzaba desde mi posición a ver su rostro, pero el acordeón seguía sonando frenéticamente con la convulsión de su cuerpo ¡Dale, dejate de joder!, le dije tocándole la rodilla, pero nada de nada. Solo al levantarme pude ver su rostro desencajado, su boca babeando, sus ojos mirando hacia algún lugar de su interior, como buscando respuestas a la pregunta ¿Por qué a mi? En ese momento yo solo pensaba en huir de allí aunque tuviera que saltar la medianera del vecino, porque es increíble las cosas que podemos hacer cuando estamos presos del terror, y las cosas que podemos pensar también, porque yo pensé en mi padre, combatiente en la segunda guerra. Había que pararse, decía, frío como un hielo frío, mirar para donde caen las bombas, y correr hacia el lado contrario. Todos los que corrían aterrorizados como tontos sin mirar al cielo morían, Y bueno papá, si yo estoy ahora corriendo justo para el otro lado.
Fue en esa ocasión que conocí la profundidad oscura de los celos y el despecho. Supe que las personas somos capaces de imbecilidades atroces por culpa del amor ciego. Le conté a mi madre que al Abriola le daban esos ataques todas la noches en la pieza de la Rosita porque yo, desde mi cama y sin poderme dormir, escuchaba sus jadeos, sus bramidos. Agregué para reforzar, aunque ya no hiciera falta, una descripción minuciosa de los ruidos de la cama provocados por esos movimientos frenéticos del ataque que yo había visto. Creo que estúpidamente calculaba que mi madre echaría al Abriola, pero los echo a los dos. Las mujeres siempre dan problemas y mejor hombres solos, dijo, y yo sufrí la ausencia de la Rosa tanto que andaba echado como perro apaleado. Menos mal que la Rosa consiguió casa a pocas cuadras de la mía, no estaba enojada conmigo, y algunas veces volvimos a estar juntos en el paraíso, aunque después de unos meses terminó casada con el Abriola.
Mi madre se enojó un poco cuando supo que la visitaba, creo que por esas puras intuiciones de madre, pero se enojó mucho más cuando se enteró del casamiento. Que nadie debería casarse con un tipo así, le dijo a mi padre, dándole a leer a un artículo de un tal Lombroso donde éste afirmaba que los que padecían esa enfermedad eran criminales natos, que eran antropófagos y a la luz de la luna cometían crímenes horrendos, porque no había zonzera que anduviera en el aire que mi madre no recogiera en su inmensa y desordenada curiosidad. Pero por ese mismo motivo no se sorprendió demasiado cuando al poco tiempo nos enteramos del brutal desenlace, Crimen pasional, dijo el diario. Mucha pasión debe haber habido porque el Abriola le asestó tanto como veinte y tres puñaladas a la Rosa, antes de descerrajarse un tiro en la sien en su último y definitivo ataque. Mi madre se lo atribuyó todo a su mal, pero quizás haya sido el karma del Abriola. En ese desgraciado momento supe que mi madre la quería de alguna manera a la Rosa, a pesar de lo que hizo, porque a los pocos días fuimos a llevarle flores al cementerio, y ella lloró como lloran los adultos contenidos, y yo por mi parte lloré como el niño que todavía era sin saber por qué. Ahora lo sé, algunos dicen que el primer objeto de amor en la infancia es la madre. Yo en cambio sé que mi primer amor fue la Rosa, un amor perdido, como suelen ser los amores de la adolescencia, pero que en los mejores momentos regresa con sus sensaciones y tonalidades, deliciosamente vivos y saturados de ese tiempo original, cuando descubrimos el color del cielo.
Al poco tiempo, ya no necesité más el ojo verde. Parecía que a la Rosa le gustaba cambiarse de ropa en mi presencia. Riéndose llevaba mis manos a nadar en la inmensidad de su mar hecho pechos ¿Pero qué hacés, estúpida?, le reclamaba su compañera de pieza ¡Pero si es un niño!, decía la Rosa con un beso, que no sabía yo si era premio a la avidez con que yo le tocaba los pechos haciéndome el distraído, o un desborde inocente de la vehemencia de su naturaleza ¿De cuál naturaleza? En ese tiempo no lo sabía, solo tenía espasmos de intuiciones oscuras y confusas. Fuera como fuera, la Rosita era mi preferida entre todos los residentes de la pensión de mi madre. El Abriola en cambio, nunca me cayó simpático, quizás porque presentía de manera indefinida que hacía sufrir a la Rosa.
Una tarde nos encontramos milagrosamente solos. O llamamos milagro a lo que buscamos afanosa pero inconcientemente. Ella lloraba ya no recuerdo por qué motivo y el ojo verde fue mucho más lejos esta vez. Comencé a acariciarla dulcemente y mi carne trémula parecía decir ¡Hace mucho que te espero! Mis manos se detenían más y más en desabrochar su solera, se entretenían más y más en sus pezones, en sus pechos. Al principio, ella me dejaba hacer con mirada absorta, apenas guiaba mi cabeza con movimientos suaves por su vientre, indicándome en silencio la dirección exacta adonde mis labios debían posarse sin pensamiento. Solo cuando fui más grande llegué a darme cuenta que en determinado momento la mirada de la Rosa cambió, como si hubiera percibido que lo que habíamos desencadenado ya no podía detenerse. Yo sentí el reclamo sin entenderlo. La Rosa encerró mi rostro entre sus piernas. También supe después que mi desconcierto la excitaba más y más. Entre jadeos y estremecimientos me bajó los pantalones y me comió totalmente hasta que conocí por primera vez, a borbotones espasmódicos, el verdadero sentido del paraíso, carne contra carne. Ella reía gozosa de que, como a todo buen principiante, no hubiera manera de calmarme, se sentó arriba mío y estuvimos así, con alternancia de movimientos lentos y frenéticos no sé cuantos minutos que ahora a la distancia me parecen días, semanas, meses. Ella pidiendo más y yo queriendo más.
Cuando pasó el fuego, la Rosa, vistiéndose lentamente, quizás con alguna pena, me dijo algo que yo no hubiera querido escuchar. Que esto que había pasado fue bello, pero no volvería a repetirse, no debía repetirse. Que por favor, no le dijera nada a nadie de esto porque le traería a ella muchos problemas.
Yo me callé, por cierto, pero es difícil dar cuenta de los sentimientos irracionales. Sin saber porqué, mi resentimiento se concentró sobre el Abriola, como si fuera el culpable de mi desazón. Y mucho más cuando se le antojó a mi padre que tomara con él lecciones de acordeón ¿Para qué acordeón, papá, si eso no es ni chicha ni limonada, ni piano ni verdulera?, y además yo no voy a tocar nunca tarantelas, como si dijeras tarántulas, suena lo mismo, No me importa, lo mismo tomás lecciones y cuando seas más grande decidís por tu cuenta. Así que el Abriola se sentaba en su cama y tomaba el acordeón y deslizaba sus dedos maravillosamente, sobre el teclado tratando infructuosamente de que yo siguiera sus vertiginosos prodigios, y yo sentadito enfrente mirando para cualquier lado, era inútil. Pero fue en una de estas oportunidades cuando se me reveló la naturaleza de sus misteriosos ataques, cuando se volcó violentamente hacia atrás parecía haber sido alcanzado por un rayo. Yo no alcanzaba desde mi posición a ver su rostro, pero el acordeón seguía sonando frenéticamente con la convulsión de su cuerpo ¡Dale, dejate de joder!, le dije tocándole la rodilla, pero nada de nada. Solo al levantarme pude ver su rostro desencajado, su boca babeando, sus ojos mirando hacia algún lugar de su interior, como buscando respuestas a la pregunta ¿Por qué a mi? En ese momento yo solo pensaba en huir de allí aunque tuviera que saltar la medianera del vecino, porque es increíble las cosas que podemos hacer cuando estamos presos del terror, y las cosas que podemos pensar también, porque yo pensé en mi padre, combatiente en la segunda guerra. Había que pararse, decía, frío como un hielo frío, mirar para donde caen las bombas, y correr hacia el lado contrario. Todos los que corrían aterrorizados como tontos sin mirar al cielo morían, Y bueno papá, si yo estoy ahora corriendo justo para el otro lado.
Fue en esa ocasión que conocí la profundidad oscura de los celos y el despecho. Supe que las personas somos capaces de imbecilidades atroces por culpa del amor ciego. Le conté a mi madre que al Abriola le daban esos ataques todas la noches en la pieza de la Rosita porque yo, desde mi cama y sin poderme dormir, escuchaba sus jadeos, sus bramidos. Agregué para reforzar, aunque ya no hiciera falta, una descripción minuciosa de los ruidos de la cama provocados por esos movimientos frenéticos del ataque que yo había visto. Creo que estúpidamente calculaba que mi madre echaría al Abriola, pero los echo a los dos. Las mujeres siempre dan problemas y mejor hombres solos, dijo, y yo sufrí la ausencia de la Rosa tanto que andaba echado como perro apaleado. Menos mal que la Rosa consiguió casa a pocas cuadras de la mía, no estaba enojada conmigo, y algunas veces volvimos a estar juntos en el paraíso, aunque después de unos meses terminó casada con el Abriola.
Mi madre se enojó un poco cuando supo que la visitaba, creo que por esas puras intuiciones de madre, pero se enojó mucho más cuando se enteró del casamiento. Que nadie debería casarse con un tipo así, le dijo a mi padre, dándole a leer a un artículo de un tal Lombroso donde éste afirmaba que los que padecían esa enfermedad eran criminales natos, que eran antropófagos y a la luz de la luna cometían crímenes horrendos, porque no había zonzera que anduviera en el aire que mi madre no recogiera en su inmensa y desordenada curiosidad. Pero por ese mismo motivo no se sorprendió demasiado cuando al poco tiempo nos enteramos del brutal desenlace, Crimen pasional, dijo el diario. Mucha pasión debe haber habido porque el Abriola le asestó tanto como veinte y tres puñaladas a la Rosa, antes de descerrajarse un tiro en la sien en su último y definitivo ataque. Mi madre se lo atribuyó todo a su mal, pero quizás haya sido el karma del Abriola. En ese desgraciado momento supe que mi madre la quería de alguna manera a la Rosa, a pesar de lo que hizo, porque a los pocos días fuimos a llevarle flores al cementerio, y ella lloró como lloran los adultos contenidos, y yo por mi parte lloré como el niño que todavía era sin saber por qué. Ahora lo sé, algunos dicen que el primer objeto de amor en la infancia es la madre. Yo en cambio sé que mi primer amor fue la Rosa, un amor perdido, como suelen ser los amores de la adolescencia, pero que en los mejores momentos regresa con sus sensaciones y tonalidades, deliciosamente vivos y saturados de ese tiempo original, cuando descubrimos el color del cielo.
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