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La lectura peligrosa

En la fecha del nacimiento de Borges, se celebra el Día del Lector. Me gusta pensar que la elección de este día no es tanto por las capacidades literarias del Borges escritor, sino porque esas capacidades surgen de su inclaudicable pasión por la lectura. Podemos presumir que su ceguera, como la de Groussac o Milton, es a causa de que se ha pasado la vida leyendo. Ha quemado sus ojos en el empeño. Más aún, Borges fue uno de los primeros en darse cuenta que solo se puede escribir a través de la lectura, esto es, como lector. No hay posibilidad alguna de escribir sin leer, así como que la literatura no se hace en relación con el mundo sino con la propia literatura. Gérard Genette escribió en su libro Palimpsestos (1982): "El objeto de la poética no es el texto en su singularidad, sino la architextualidad del texto (es casi lo mismo que suele llamarse 'la literariedad de la literatura'). La clave es la literariedad de la literatura". Y para esto hay que leer. Por eso, Pierre Menard escribe El Quijote a partir de la lectura. Y en ese escrito genial, quizás el más complejo de la literatura del siglo XX, encontramos el modo en que la historia modifica lo que leemos aunque lo que leamos sea lo mismo.
Pero no solo uno se puede quedar ciego con el exceso de lectura. Se puede también "hacer un uso extremádamente ineficaz de la razón", como anota el gran lector B. Brecht a propósito de la escena en que Hamlet entra leyendo. Esto pone de manifiesto que hay dos maneras en lucha de interpretar el sentido.
O perder el goce de la vida, al menos es un punto de vista que merecería ser considerado, como en la relación de Kafka con Felice Bauer. El fluir de la correspondencia convierte a Felice en una seducida lectora, pero también la aleja. En una de las cartas, Kafka copia para Felice el poema chino En la Noche Profunda, del siglo XVIII:
En la noche fría, absorto en la lectura
de mi libro, olvidé la hora de acostarme.
Los perfumes de mi colcha bordada en oro
se han disipado ya y el fuego se ha apagado.
Mi bella amiga, que hasta entonces a duras penas
había dominado su ira, me arrebata la lámpara
y me pregunta: ¿Sabes la hora que es?
Está claro que la muchacha le reclama: ¡Te estás perdiendo la vida de tanto leer!

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